Violencia inoculada a los cuerpos.

Por Breno Donoso Escritor – Sociólogo

Pienso en la necesidad de hablar sobre la violencia desde los distintos dispositivos institucionales, personales, familiares, corporales.

Se me vuelve difícil no generalizar.

Pienso que, lamentablemente, querámoslo o no, -si es posible hablar desde un rasgo característico de la idiosincrasia chilena-, las formas físicas y psíquicas más letales y latentes de la violencia-generalizada, la encarnan el actuar, el comportamiento social chileno.

Comenzar por reconocer en nosotros mismos, atisbos conscientes e inconscientes de violencia hacia los demás: partir reflexionando críticamente para exorcizar esos actos que producen situaciones crueles, vergonzosas, patéticas, vejatorias en los espacios más cotidianos e inmediatos: establecimientos educacionales, trabajos, hogares y sobre todo, espacios públicos.

El reciente caso de violencia hacia Luis Lillo, antecedido por el ataque lesbofóbico a Carolina Torres, da cuenta del peligro del espacio público: de la tensión a la que se expone, un cuerpo distinto, que no habita la represión ejercida a los demás -como si la visión de mundo de algunos, predominase sobre otras moralmente-; tensión de valores sin fundamento, manifiestos en fanatismos religiosos y ultraderechistas, inoculados siniestramente por la dominación simbólica de la elite chilena.

El ejercicio, deporte nacional: generalizar: dar todo como cierto, ganada la hipótesis, el gentío reniega reconocer en el Otro, sentido, significante: las relaciones se desintegran por faltas y fallas en la comunicación -qué paradoja-  y la violencia va y viene de un día a otro en el espacio público: Transantiago, plazas atiborradas de burocracia, nula modernización, tierra de nadie, amasijo de malas disposiciones, de voluntades que nacen rotas: violencia inoculada por la encarnación de la violencia mestiza, de la tendencia a autoreprimirse y reprimir al otro, cuestionando, desarmándola, amenazando la decisión de querer ser la persona Social que queramos ser, en paz y dignidad. Tanto Santiago como Valparaíso aparecen como las regiones con más casos y causas de violencia translesbohomofobica.

Violencia que pareciera nunca acabar: está por todos lados, y partiendo por nosotros mismos.

Las formas de violencia, que recogen las últimas encuestas,  hablan que la Discriminación / exclusión institucional se instala como ápice de prácticas vejatorias en lo estructural: a mí parecer, en parte importante de esta categoría, se representa el centro del problema: la verticalidad y centralismo concentrador de las instituciones, y por tanto, concentrador de las posibilidades, servicios, garantías de los derechos, justicia, oportunidades: recursos.

Aglomeración ciega de padecimientos psíquicos, trámites, miedos materiales, propios del siglo, hartazgos en la Metrópolis de Santiago, inyecta en las mentes sustancias toxicas de rivalidades inexistentes entre ellos mismos, psiquismo saturado de individuo, jamás de persona social en comunidad: no hay más ese Ser social, que actúa, ficciona la realidad, la fragmenta por representarla, develar el violento esperpento: su mueca más amarga, la mofa y el absurdo de nuestras fantasías, competencias por desbordarse en bienes e imágenes.

 Un ser activo, que crea y recrea el espacio amargo que se ha vuelto el humo tóxico de nuestras ciudades, un ser constante, que sacude y devela las violencias, cuando se ejercen por biohombres heteronormados, rígidos y flagelados en sus posibilidades, vueltos cuerpos represores y represivos, como la policía (política) , evangélicos en las poblaciones (moral), entre otros: cuerpos que resultan los primeros oprimidos, reprimidos, estrujados del escalafón social, y que en consecuencia, imprimen el sesgo represor y violento hacia los demás, acérrimos creyentes y ciegos perpetuadores de la dominación masculina. No está demás agregar que secunda a la categoría- forma de violencia, la  Discriminación comunitaria: espacio público, necesidad de una revisión de los códigos que resguardan la persona social del otro bajo un Estado laico, que reconoce realmente la decisión de ser quienes queramos ser en un espacio rico de diversidad, de autoaprendizaje, reflexión, respeto y discusión sobre filosofía-afectos-y-sexualidad.

Vicuña, Lunes 11 de marzo del 2019

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