Amor intersexual: la historia de Orgullo LGBTIQ+ y migración de Bea y Pan

Cuando hicieron match en Tinder, hace poco más de un año, no sabían nada de sus personalidades. Bea, 30 años, mujer intersex, lesbiana, peruana, fundadora de Perú Intersexy estudiante de Sociología en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), acababa de salir de una relación y buscaba nuevas amistades. Pan, 29 años, mujer lesbiana, brasileña, profesora de idiomas y guía turística, tambien en CABA, entró a la aplicación porque estaba aburrida. En su perfil, Pan subió seis fotos y marcó la opción: “diversión, pero no me cierro”.

Bea tenía también algunas imágenes. Pero no suele poner en ninguna aplicación que es una mujer intersex porque considera hay mucho fetiche al respecto. Esa “I” de la sigla LGBTIQ+nombra a quienes nacen concaracterísticas sexuales que no encajan en el binario masculino o femenino. Según datos de la ONU, esta forma de diversidad corporal abarca al 1,7% de la población mundial, lo que hace que ser intersex sea tan común como ser pelirrojo. Sin embargo, el desconocimiento es enorme. “Incluso sin poner nada me han llegado solicitudes medio random”, dice Bea.

Se gustaron y pasaron a WhatsApp. A lo largo de un mes de mensajes de texto, a Bea le desalentaban las diferencias en intereses.

–Estábamos en desacuerdo en casi todo, recuerda.

A Pan, eso le atraía.

–Ella quería hablar de la guerra en Palestina y yo le decía: ¿para qué vamos a hablar de algo tan triste y feo?”, cuenta entre risas.

–Para mí fue un rotundo ´no´ cuando le mencioné algo sobre lo queer y lo político, y me respondió que no le interesaba– replica Bea.

Pan tiene otra perspectiva.

–Yo prefiero que sea así. Siento que hay algo muy narcisista en que la gente siempre busque su reflejo en el otro. Mi manera de protestar contra eso es elegir gente que sea diferente a mí.

La peor primera cita de mi vida


Bea se enteró de que en La Plata – capital de la provincia de Buenos Aires, a unos noventa minutos de su casa en CABA- iban a presentar el documental intersex El Círculo Violeta. Le propuso a Pan ir a verlo, sin decirle de qué se trataba. “Tenía que quedarme a dormir en casa de algunx de mis amigxs o en algún lugar, porque detesto ir a La Plata y volver el mismo día. Entonces me acordé de esta chica con la que venía hablando un montón”, cuenta Bea. Pan le advirtió que los documentales le aburrían un poco y que quizás se dormiría, pero aceptó acompañarla.

Antes del encuentro, Bea le envió una foto recalcando que era una mujer con barba. Y  le preguntó si eso le incomodaba. “Esa es mi forma de atenuar mis inseguridades. No quiero ir a una cita y que alguien me diga: ´Oye, ¿qué onda?, ¿eres hombre?, ¿eres mujer?, ¿eres trans?, ¿qué eres? ´. Ya me ha pasado y duele ser rechazada”, comparte. Pan le respondió que estaba todo bien.

Bea no fue a la cita con el cabello suelto, ni se puso labial, ni su top blanco, ni su pantalón ceñido; hacía frío y prefirió abrigarse al máximo. Pan  llegó ligera de ropa.

–Fui con un escote gigante y fucsia. Cagada de frío para estar bonita. Y ella parecía como un marshmallow de tantas prendas que se puso– recuerda Pan sonriendo.

–No me estaba importando mucho gustarle –agrega Bea–. En esa primera cita no me preparé para gustar con ropa típicamente femenina, como suelo hacer con otras chicas, y eso fue algo muy diferente. Con ella pude ser mi versión más cómoda y yo misma desde el principio– cuenta, mientras se tocan las manos.

Llegaron a la función.

–Se me mezcló todo. Hablaba con activistas intersex, con amigxs que no veía hace tiempo, y al mismo tiempo, era nuestra primera cita. No sabía si acercarme más o dejar que ella hablara con otras personas. Era la primera vez que estaba en una situación así y no sabía qué hacer– recuerda Bea.

–Capaz debiste no haberme ignorado toda la noche –interrumpe Pan–.

Y así pasaron las horas, mirándose de reojo mientras interactuaban con el resto.

–Fue una cita muy extraña, dice Bea.

–La peor primera cita de mi vida, replica Pan.

Bea y Pan en la provincia de Corrientes, Argentina, para participar del 38º Encuentro Plurinacional de Mujeres y Diversidades 
Archivo personal de Bea y Pan.

Orgullo de ser como somos

La madrugada les dio tiempo para acomodarse. Tomaron un par de tragos y se fueron a la casa de Pan. La anfitriona le enseñó su pequeña habitación con una cama de dos plazas, se pusieron las pijamas y se echaron a descansar. Pan apagó la luz y cerró las cortinas blackout. “La oscuridad total me da miedo, pero sentí confianza plena con ella”, dice Bea. “¿A qué más le tienes miedo?”, le preguntó esa noche Pan. Y así siguieron un buen rato, compartiendo sus temores en la penumbra. Hasta que Bea tomó la iniciativa: “Me pareces una chica linda”, le dijo. “Tú también”, respondió Pan. Y se besaron.

Antes de quitarse la ropa, Bea le contó que era una mujer intersex. Pan le acarició el rostro y le confesó que ya se había dado cuenta, desde que estuvieron en el documental. “Por lo general pongo un freno para hablar de intersexualidad antes de desnudar los genitales. Es que asumo que quienes esperan tener sexo con una mujer, esperan encontrar la típica vagina y vulva, que no es mi caso. Y yo no quiero incomodidad ni tampoco ser rechazada”, comparte Bea.

Tienen en común el orgullo por su físico. Pan adora su cuerpo; y Bea, su cuerpo intersex y marrón. Para Bea ese amor propio también viene acompañado de la gratitud: destaca que, gracias a la sabia decisión de su madre, su cuerpo nunca fue mutilado. En este punto es vital recordar que la principal demanda del activismo intersex en el mundo es que se ponga fin a las cirugías mutilantes de los genitales de las infancias intersex, calificadas como tortura por la ONU. 
Ese respeto por sus corporalidades también se refleja en la intimidad: practican sexo seguro, agregan. Antes de continuar desnudándose, Bea le preguntó cómo se cuidaba con el tema de las infecciones de transmisión sexual (ITS) y Pan le dio detalle sobre sus últimos exámenes médicos. Después, durmieron abrazadas sintiendo que querían quedarse de esa forma para siempre. Al día siguiente, por la noche, fueron a una fiesta y confirmaron una vez más la comodidad que sentían juntas. “Bailamos. Y yo bailé. Bailé tan feliz…Me sentí tan feliz y tan cómoda. Yo nunca bailaría con alguien que recién conozco porque no sé bailar”, recuerda Bea.

Camino al andar

Bea y Pan en el parque Las Hadas de Chorrillos, en Lima. 
Foto: Juan Pablo Uribe

Con el paso de los días fueron descubriendo más cosas que les gustaban a la una de la otra. “Amo su sonrisa y sus manos. Me gusta que su cuerpo sea musculoso por todos lados: bueno de apretar y morder”, dice Pan, quien admira cómo su chica logra lo que se propone, sobre todo en el activismo. “Cuando la veo sonreír con sus ojos lindos y sus rulitos, soy feliz. Cuando se caga de risa ella solita por cualquier cosa, me encanta”, confiesa Bea, y resalta que su novia sabe lo que quiere, aunque a veces lo que diga o haga no sea del agrado del resto.

Ambas disfrutan de la naturaleza, con miradas distintas. Bea prefiere contemplar el parque completo, mientras Pan fija su atención en los detalles, el pico de un pájaro,  las alas de un insecto. También comparten el gusto por aprender. Pan lo hace sin una finalidad concreta; le interesa saber, por ejemplo, qué tipos de hojas existen o de qué colores son las alas de las cucarachas. Por el contrario, lo que Bea aprende suele encaminarla a desarrollar herramientas que le sirvan o le apasionen. “Me causa horror que la universidad sea solo para tener un empleo. El objetivo de educarse es generar conocimiento en sí mismo, no conquistar algo”, afirma Pan. Les gusta la lectura en voz alta. Lo último que compartieron fue el libro Ese que fui, de la periodista intersex Candelaria Schamun. Pan lee y en las partes más impactantes se detienen a comentar.

Hace unos meses se mudaron juntas a la casa de Bea en la Ciudad de Buenos Aires. Es la primera vez que Bea convive con una pareja y comparte proyectos con una novia. Actualmente, ambas son cofundadoras de Miles, una colectiva que ayuda a mujeres migrantes de la comunidad LGBTIQ+ en Argentina. Hace poco iniciaron un emprendimiento de velas artesanales de colores, cuyo dinero recaudado está destinado a apoyar a la comunidad intersex.

Sus activismos difieren en los tiempos. Bea, sumergida casi a tiempo completo. Pan se da espacios para hacer otras cosas. “Para mí la política es una práctica y una parte de la vida. Hay tiempo para estar en una marcha, pero también para quedarme horas jugando en un columpio”. Bea afirma que su novia la ayuda a mejorar sus descansos. “Pan me equilibra y eso me da paz”. En febrero viajaron por primera vez juntas a Perú. En esta fecha organizaron un taller de Perú Intersex en la ciudad de Arequipa. En Lima, compartieron sus días entre el activismo intersex y el relax de las playas.

Vivir en Argentina: protestar en las calles

Parte de la experiencia de vivir en Argentina es marchar; históricamente, las calles se llenan de protestas para reclamar por derechos vulnerados. Pan y Bea han estado presentes- tanto a título independiente como representando a sus organizaciones, Perú Intersex y Miles– en las marchas por lxs jubilados, en el 38° Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales, Intersexuales y No Binariesrealizado en la provincia de Corrientes, en las marchas del Orgullo de Buenos Aires y La Plata, y en la última movilización del 3J por Ni Una Menos.

Bea recuerda que cuando recién migró no participaba del activismo callejero; sentía que, por no ser argentina, no tenía derecho a reclamar y prefería disociar y relajarse, algo que en Perú le resultaba muy difícil. Sin embargo, a partir del gobierno de Javier Milei, la realidad se volvió más cruda para sus amigxs, para su entorno y ella misma, llevándola a poner el cuerpo en los plantones de las colectivas. Pan, por su parte, se suma al activismo callejero en cualquier país que pise. “Soy una maestra de la apropiación cultural- se ríe-. Me siento muy argentina, así que siempre estoy en las protestas. Además, hacen muy ricos choripanes; defender los derechos es una parte, y la otra la comida”, comparte. Pan también se siente ya muy peruana y por eso el 27 de junio de 2026 participó en su primera Marcha del Orgullo en Perú, acompañando al bloque intersex liderado por la mujer que ama.

Miradas y adolescencia intersex

Bea y Pan en la playa Agua Dulce de Chorrillos, en Lima. 
Foto: Melissa Goytizolo

Uno de los mayores temores de Bea como migrante es verse obligada a mudarse otra vez; la universidad donde estudia está en Argentina y le ha costado mucho establecerse allí. Regresar al Perú no es una opción que la entusiasme del todo: aunque en Buenos Aires, dice,enfrenta las complejidades del racismo, en su propio país las miradas hacia su cuerpo son mucho más inquisidoras y constantes.
Hace poco se alojó con Pan en un hospedaje temporal en Chorrillos -distrito de Lima- y lxs vecinos del edificio le hicieron recordar, en sus palabras: “las miradas que he aguantado toda mi vida”. “En mi caso, por ser intersex, desarrollé androginismo. Entonces, cuando me visto con ropa más típicamente femenina, la gente me mira como diciendo: ´ ¿Qué onda? ´. Toda la vida he atravesado estas situaciones de tener que pasar por un grupo de personas y escuchar este comentario: ´ ¿Es hombre o mujer? ´ Ese constante observar cuestionador de mi cuerpo”, relata.

Este tipo de miradas en su adolescencia, en especial por parte de los hombres, impactó profundamente en su autoestima y valoración. Bea nació en Villa el Salvador -distrito de Lima- en una humilde casa con pisos de arena de playa. Sus padres -ambos personas con discapacidad-, sus hermanas y ella vivían en un cuarto de esteras que cubrían con plásticos para amortiguar el frío y protegerse de la lluvia. “Vivíamos casi en un basural. Incluso el colegio donde estudié, que estaba al costado de mi casa, se llamaba ´Basurita´porque en ese momento era un botadero de desechos de construcción”, comparte Bea.

Durante su adolescencia, cuando no les alcanzaba el dinero para comprar agua, sus hermanas se vestían lo más típicamente femeninas que podían, se maquillaban y coqueteaban con el aguatero, quien les daba el bidón de agua lleno con la promesa de que pagaran luego. Bea era consciente de que no podía aportar a la economía de su casa de la misma forma. “A mí me salía barba y muchos pelos en las piernas. Tampoco tenía desarrollo mamario ni me crecían las caderas. Así que me sentía incapaz de coquetear con el aguatero, por lo que me veía obligada a realizar otras actividades que implicaban el trabajo de fuerza”, comparte Bea. Y enfatiza: “En lugares con tanta precariedad, el coqueteo se convierte en una moneda de cambio para conseguir algo tan básico como agua o incluso un trabajo. Es importante visibilizar cómo una persona en situación de extrema pobreza, con variaciones en sus características sexuales, puede enfrentar desafíos y violencias que una chica típicamente femenina no pasaría”.

Crecer en una isla en Brasil

Pan nació en Brasil, en una isla de cinco mil habitantes, en alusión a un coco pequeño que crece en esas tierras. De su crianza se encargó su abuela paterna, pues sus padres, dice, estuvieron poco presentes en su vida. Es la mayor de diez hermanxs: cuatro de sangre y el resto se fueron sumando a la familia con los años. Recuerda que durante su infancia y adolescencia su casa siempre estaba llena de niñxs, algo que le encantaba porque se divertían juntxs en la piscina y saltando en camas elásticas. Eran frecuentes las fiestas de cumpleaños a todo dar, donde el platillo principal eran tortas gigantes de un metro cuadrado.

Más allá de esa holgura económica en sus primeros años, Pan destaca que tuvo el privilegio de no conocer la lesbofobia dentro de su entorno familiar; al menos hasta hace poco, cuando decidió salir del clóset. “Mi abuela me mandó tres horas de audio diciéndome lo asquerosa que soy. Mi abuelo nos dejó un fondo fiduciario a todxs lox nietxs, y mi abuela me lo quiere quitar bajo la excusa de que ya no soy parte de la familia por lesbiana”, comparte. Al tocar este punto en la entrevista, Pan se desarma por primera vez. Bea se acerca y se quedan abrazadas por un largo tiempo.

Pan, por su parte, se cargó un par de mochilas a los 18 años y viajó todo lo que pudo por Sudamérica. Tenía muchas ganas de conocer nuevos lugares más allá de su preciada literatura, pero también alejarse de la lesbofobia de su entorno; comparte que el papá de su primera novia llegó a amenazarla de muerte indirectamente. “Llegué a Argentina y me enamoré de su atmósfera y su cielo. Pensé: ´Acá quiero quedarme´”, recuerda. Antes había pasado por Chile, Bolivia y Perú, entre otros países, donde percibió hostilidad e inseguridad por su orientación sexual. Rosario fue la primera ciudad argentina donde plantó bandera. “Todos los hombres tenían una pinta medio de putos -así se les dice a los hombres gay en Argentina-. Había lesbianas besándose en la calle y pensé: ´Wow, yo también quiero eso´”, comparte.

Migrar y vivir en Argentina

Lamentablemente, afirma Pan, desde que asumió el gobierno de Javier Milei el racismo se ha institucionalizado. Relata que cuando va a comprar condimentos y frutas a Liniers -un barrio con fuerte presencia peruana y boliviana en Buenos Aires-, Bea no puede acompañarla porque la policía suele hacer operativos para detener a personas racializadas, incluso si tienen sus documentos al día. “Buenos Aires está abierta al turista blanco, pero cuando se habla de turismo marrón o negro, las políticas y el trato cambian. A mí me ha pasado estar caminando, acercarme a preguntar una dirección y que de la nada piensen que voy a robarles el celular”, comenta Bea. Agrega que incluso lxs migrantes internos de las provincias argentinas sienten el rechazo en la capital.

Mitigar estas injusticias de forma colectiva fue, justamente, uno de los motivos para fundar Miles. Junto con otras organizaciones aliadas de diversas provincias, han tomado una serie de medidas de cuidado, como andar siempre con los documentos en mano -sea el DNI o la residencia precaria- y transitar con cautela por ciertas zonas. También están evaluando lanzar una campaña de regularización para lxs migrantes que no tengan sus papeles al día, asumiendo que el actual gobierno no facilitará esos procesos.

Pan valora mucho a la familia elegida que construyó desde hace un año en La Plata. Son sus vecinas: una anciana, una mujer de 42 años y una niña de nueve. “Bea vino a pasar Navidad con mi familia elegida, porque ella también es mi familia. Fue lindo porque lxs niñxs allí todavía creen en Papá Noel. Vinieron un montón de niñxs y a la medianoche salimos con fuegos artificiales, jugamos en los columpios y comimos panetones rellenos. Bea se comió uno sola”, cuenta entre risas, antes de lanzar una primicia: “Quiero casarme con Bea en un futuro no muy lejano, en el Rosedal de Buenos Aires. Y quiero tener una hija con ella”. En un mundo donde las personas intersex son invisibilizadas y sus cuerpos patologizados, el amor de Bea y Pan se rebela como puro Orgullo.

Texto y coordinación de proyecto: Melissa Goytizolo (periodista aliada de Perú Intersex), en colaboración con nuestrxs aliadxs de Agencia Presentespara la edición y difusión.

Este texto se publica en Agencia Presentes y en Perú Intersex en el marco de una alianza de cooperación.

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