CIUDAD DE MÉXICO. México.“Sodomizar el museo” no es solo el título de una exposición. Es una propuesta “para entrar por la puerta trasera, invadir sin anunciarse y ocupar, desestabilizar esos espacios sagrados del poder cultural”
Detrás de esta frase está Lechedevirgen, artista travesti racializada no binarie y puñal originaria de Querétaro. Lleva más de quince años convirtiendo la carne y la rabia en herramientas artísticas antipatriarcales y antirracistas.
Lechedevirgen presenta su primera exposición individual en Ciudad de México: “Sodomizar el museo”, en el espacio autogestivo Eucalipto 20, que es el histórico cuartel del Frente Homosexual de Acción Revolucionaria (FHAR), una organización mexicana LGBT+ activa entre 1978 y 1981 y de las primeras en activar marchas que reivindicaban los derechos para las personas LGBT+ de la época con estrecho vínculo a luchas obreras, sindicales y estudiantiles.
En esta conversación, Lechedevirgen nos cuenta sobre el cuerpo como una “trinchera de supervivencia”. Propone su metodología de “deshacer el Arte” como una práctica ritual, colectiva y descolonial frente al mercado hegemónico del arte.
A través de nociones que nombra como el “pensamiento puñal” y el “travestismo expandido”, plantea la ocupación de las instituciones culturales para desestabilizar “la ficción de la neutralidad” de los museos y exigir transformaciones materiales concretas. Demanda que los presupuestos y espacios de los museos se pongan al servicio directo de las necesidades comunitarias.
–¿Cómo fue crecer y crear en un territorio profundamente conservador como Querétaro, y cómo eso moldeó tu postura política y estética?
-Mi trabajo respondió como una forma de supervivencia al contexto que me tocó vivir. La queretanidad es una mezcla de conservadurismo, blanquitud, aspiracionismo y una violencia LGTBfóbica muy arraigada. Para mí, empezar a hacer performance entre 2010 y 2013 no fue un lujo académico, sino una urgencia contundente. Literalmente me permitió seguir con vida frente a una sociedad que te orilla al aislamiento. Ante un entorno heterocentrado y violento, dedicarme al arte se convirtió en una respuesta tenaz y en una venganza personal a través de actos de desobediencia simbólica, para recordarle a los sectores transodiantes y racistas que este mundo no es solo suyo.
–Has desarrollado la metodología “deshacer el Arte” ¿a qué te refieres con esto? ¿por qué hablas de un arte con A mayúscula?
-Llegué a esa frase porque durante años mucha gente me dijo que yo no hago arte, algo que le ocurre a muchas personas a quienes se nos niega el reconocimiento por estructuras excluyentes del arte hegemónico. En lugar de rogar por validación, decidí asumir que no hago arte, sino que lo deshago como una práctica y metodología descolonial.
La historia oficial del arte se ha escrito con la misma ‘H’ de hegemonía y heteronormatividad, omitiendo a las personas no blancas, travestis o precarizadas. Deshacer el arte implica devolverle la dimensión ritual, colectiva, espiritual y política que el mercado neoliberal y burgués le mutiló para convertirlo en meros objetos mercantilizables. Nosotras buscamos el arte en minúscula, como un devenir minoritario enfocado en la transformación comunitaria.

–Tu exposición en Eucalipto 20 se titula “Sodomizar el museo”. ¿Por qué retomar este concepto históricamente criminalizado?
-Sodomizar es una palabra cargada de persecución, delito y condena moral hacia los cuerpos disidentes. Utilizarla es un juego político: sodomizar el museo significa entrar por la puerta trasera, invadir sin anunciarse y ocupar esos espacios sagrados del poder cultural.
Los museos son maquinarias coloniales e imperiales en crisis. Infiltrar en ellos la presencia travesti y marica destruye sus dinámicas de poder. Las instituciones museísticas o del arte y la cultura oficial tienen la oportunidad también de repensar y reevaluar, replantearse las formas en las que están haciendo uso de ese capital, tanto económico como cultural y simbólico que ostentan y que no llegó por arte de magia. Se construyó esta riqueza a partir de alguien, de poblaciones que siempre han quedado abajo en esa pirámide de poder.
Entonces, yo siento que es un muy buen momento para que los museos se abran. Ahora sí que como dice esa frase en las políticas anales: “abre tu culo y se abrirá tu mente”.

-En tu trabajo has desarrollado la noción de “pensamiento puñal” y hablas del “travestismo expandido” como una metodología de intervención. ¿De qué manera la reapropiación de un insulto histórico como ‘puñal’ se conecta con la irrupción del cuerpo travesti en los museos?
-Reivindicar e insistir en palabras como puñal o travesti es una urgencia política y poética. A nosotras las violencias del sistema nos atraviesan directamente la carne. El Pensamiento Puñal nace de asumir esa violencia corporal no desde la victimización, sino como una trinchera teórica.Es desarmar al agresor arrebatándole su propia injuria para transformarla en una herramienta de pensamiento que brota de la carne.
Además, en mi imaginario las travestis somos flores y las maricas picaflores o colibríes. Hay una plasticidad poética en nombrar nuestras identidades desde nuestras propias metáforas. De ahí que el travestismo, más que una cuestión limitada al género, funcione como un travestismo expandido: una metodología disidente de invasión, infección y ocupación de espacios. Cuando hablo del cuerpo travesti en los museos me refiero a la táctica combativa de aparecer sin ser anunciadas, de estar presentes en recintos donde históricamente no nos quieren o no nos esperan.
La sola presencia del cuerpo travesti racializado en un museo oficial desestabiliza sus dinámicas de poder hegemónicas. Como decía Camila Sosa Villada,«basta una sola travesti para socavar los cimientos de una casa». Y yo agrego que basta para transformar un museo, todos los museos y el mundo entero si así lo decidimos.

–Hablas de tener el derecho a la imaginación política para reescribir esta realidad. Frente a un mundo donde la ultraderecha instala formas de ser, de amar, de vivir y un mundo del arte que suele tratar a las disidencias como un objeto de estudio o de exposición, ¿cuáles son tus horizontes políticos frente a esto?
-No soy la única persona que lo ha pensado o dicho, y qué bueno que haya mucha gente uniendo esfuerzos para que esto ocurra. Pero sí, tenemos todo el derecho de apostarle a nuestra imaginación, a nuestras formas de memoria y de resistencia para reescribir esta realidad. Llevamos mucho tiempo conviviendo con un arte hegemónico que no se nombra a sí mismo, pero que es un arte blanco, cisgénero, heterosexual, imperial y fascista, donde a las disidencias solo nos incluyen bajo subtítulos o nos tratan como un simple contenido para que las instituciones se legitimen.
Frente a esta avanzada, mis horizontes políticos no están en seguir tocando la puerta para ver si nos aceptan, ni en pedirle tolerancia a un sistema que nos ha aniquilado, necesitamos crear un mundo para nosotras. Mi horizonte es la apuesta a un arte que tenga una incidencia política y social directa que fortalezca a nuestras comunidades, alejado de esa figura individualista, mercantil y neoliberal del artista.
Eso lo he aprendido mucho del sur global, de las compañeras de Colombia y Ecuador: apostarle a la juntanza, a las alianzas comunitarias, a la afectividad y a generar una revolución subterránea donde el arte sea la excusa para encontrarnos y organizarnos.
Y en lo concreto, mi horizonte con los museos y el mundo del arte es exigirles transformaciones reales y materiales. No es justo que hablen de estos temas desde la posición cómoda de usar nuestras vidas como mero espectáculo.
Si van a exponer nuestro dolor, es necesario que arden en ese dolor y pongan sus presupuestos al servicio de la vida.
A mí me gustaría ver que las salas de los museos sirvan para quienes no tienen techo, que se hagan ollas comunitarias dentro de los museos para quienes no tienen qué comer, o que sean lugares de descanso y transición para quienes están en las últimas etapas de enfermedades crónicas o viviendo con VIH. Tenemos todo el derecho de tomar esos territorios como laboratorios sociales a la inversa, construir nuestros propios archivos de memoria y reescribir el mundo desde nuestras coordenadas.

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