Rage bait: qué es y cómo funciona el negocio de nuestra indignación

Un meme que replica prejuicios racistas sobre un país, un tuit de una cuenta pequeña comentando que las mujeres no deberían tener derecho al voto, un video corto criticando de mala fe el último disco de una cantante famosa. Lo vimos con muchísimas más fuerza en los últimos días pero ya hace tiempo empezó a pasar cada vez más: encontrarnos con publicaciones en redes sociales que despiertan tanto enojo y frustración que nos llaman a comentar “con argumentos” lo que están diciendo. Se llama rage bait: en inglés, rage significa ira, furia o indignación, y bait,cebo o carnada. Para que exista el rage bait se necesitan tres elementos: una red social que privilegie las interacciones (sin importar su calidad), usuarixs que busquen el enojo de extrañxs, y personas que caigan en la trampa.

Rage bait es una publicación que busca disparar el enojo de lxs usuarixs a través del prejuicio, la ignorancia performada y opiniones sesgadas. Abundan en redes como Twitter (ahora X), Threads y Bluesky. Más que ayudar a construir una conversación sobre temas polémicos, las descarrilan y secuestran: lo que buscan no es un debate, sino disparar reacciones.

Lo vemos en estos momentos, por ejemplo, con las reacciones que ha tenido la derrota de Argentina en el Mundial 2026. Estos contenidos, más que analizar la compleja relación que tiene la raza en la conformación de la identidad nacional argentina, son rage bait para inflar cuentas y amplificar líneas de discurso que poco o nada aportan realmente.

Clickbait y rage bait:¿en qué se diferencian?

Cercano al clickbait (de ahí la otra mitad de su nombre), este tipo de posteos no pretenden generar tráfico a un sitio web: no quieren el click, sino la interacción. Su objetivo es enganchar a la audiencia en la red social y que el enojo le ayude a lx creadorx a ampliar su alcance. Mientras que el clickbait es una estrategia editorial de medios y sitios web que aprovechan las redes para hacerse más visibles, el rage bait explota los algoritmos de recomendación para consolidar una presencia digital dentro de la plataforma.

Más que un tipo de publicación, es una estrategia simbólica que busca la respuesta visceral de una audiencia que ha aprendido a reconocerla: el rage bait requiere un público al mismo tiempo pronto a caer en la provocación, y de una plataforma que priorice las discusiones y las visibilice de forma que sean inescapables. (Peter Ayolov, de laUniversidad de Sofía, publicó en 2025 este análisis sobre cómo el rage bait está profundamente vinculado con las emociones y cómo se armamentan para convertirlas en productos económicos).

Cómo funciona la estrategia privilegiada de los grupos antiderechos

Por su alta efectividad para hacer visible cualquier tipo de tema, es la estrategia preferida de grupos antiderechos. Es en sí misma la estrategia política más usada para normalizar agendas políticas que son rechazadas por el grueso de la población (como, por ejemplo, el retirar el derecho al voto de las mujeres).

Entre más vemos a personas bienintencionadas pelearse con este tipo de publicaciones, éstas se difunden más por las redes sociales, amplifican el alcance y ya no sólo son visibles para “los dos polos” de la discusión, sino para todxs.

Lo vemos con clips de discursos de Javier Milei y Donald Trump o fragmentos de podcasts de miembros de la machósfera, como El Temach o Andrew Tate: se seleccionan los comentarios más extremos de una o dos horas de discurso y conversación y, lo que ocurre al publicarlos es la viralización. Estas publicaciones hacen el trabajo doble de, por un lado, normalizar el extremismo político e ideológico, y, por el otro, asegurar un ingreso económico para quienes los publican.

Aunque no siempre son agentes políticos lxs que están detrás del rage bait, a veces se trata de personas que buscan la visibilidad. En el caso de los Estados Unidos, también forman parte de los programas de monetización de las redes sociales. TikTok, Meta (Facebook e Instagram) y Twitter cuentan, todas, con programas para creadores que, de acuerdo al número de interacciones o reproducciones mensuales, les paga un porcentaje de las ganancias publicitarias que generó su contenido.

De acuerdo a múltiples estudios (Ayolov, ya mencionado, Khawar y Bourkes, de la Universidad de Ámsterdam, y Reynolds y Jon en la Universidad de Copenhagen), estos programas se han convertido en un incentivo negativo: el algoritmo de recomendación es incapaz de distinguir si las interacciones son positivas o si hay un debate sano en las publicaciones, sólo reconoce alzas en interacciones, permanencia en la aplicación y una mayor impresión de publicidad. Incluso, plataformas como Quora ha desarrollado LLMs para generar preguntas de rage bait para disparar conversaciones en su página. (Rob Cover, de la RMIT University, analizó en 2025 cómo funciona el modelo de lenguaje (LLM –large language model– según su sigla en inglés) de Quora y cómo los contenidos dentro del sitio formaron las preguntas de rage bait que su chatbot comenzó a crear desde 2023).

La lógica del rage bait está ya tan normalizada en la creación de contenido que no es raro ver su gramática impuesta en periodistas independientes y creadorxs críticxs. Si bien es cierto que es una estrategia que dispara alcance y visualizaciones, no es un tipo de contenido que puede aportar mucho, más allá de la confrontación algorítmica.

@mattxiv

“i’m not into politics”

♬ original sound – matt bernstein

Qué podemos hacer

Si buscamos construir una contra narrativa que vaya descolocando los impulsos sociales que normalizan la violencia del rage bait, las mismas herramientas del agresor, para parafrasear a Audre Lorde, no nos servirán. Necesitamos apostar por una despriorización del algoritmo y la digitalidad: crear contenido que se oponga, incluso, a las lógicas de hiperconsumo y desechabilidad de las redes sociales.

¿No se estaría abandonando una plaza y un espacio ganado? Con la situación tan compleja que se vive dentro de las redes sociales, quizá el momento de creerlas como espacios públicos ya pasó. Quizá es nuestro momento para apostar por un Internet que recuerde la comunalidad que la quitó de las manos del Ejército estadounidense, quizá sea momento de reapropiarse de espacios abandonados, donde la furia no se dirige a un desconocido, sino al sistema que se ha apropiado de todo.

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